CANADÁ, 2025
TÍTULO ORIGINAL: Honey Bunch
¿QUÉ HARÍAS POR AMOR?
¿Qué serías capaz de hacer por amor? ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para recuperar a la persona que amas? Y, sobre todo, ¿Qué precio pagarías por recuperar unos recuerdos que quizá deberían permanecer enterrados?
Honey Bunch se adentra en los rincones más turbios de la devoción, la memoria y el trauma a través de una premisa que parece sacada de una pesadilla de ciencia ficción setentera. Tras sufrir un accidente, una mujer acaba ingresada en una prestigiosa institución experimental que promete devolverle los recuerdos que ha perdido. Un lugar aparentemente diseñado para sanar, pero donde pronto queda claro que hay algo mucho más siniestro bajo la superficie.
La película juega constantemente con la percepción del espectador, moviéndose entre lo real, lo imaginario y aquello que preferiríamos no recordar. Su impecable estética setentera es uno de sus grandes atractivos, acompañada de una atmósfera enfermiza que convierte las instalaciones donde transcurre buena parte de la historia en un escenario cada vez más inquietante. Aquí las paredes esconden secretos, los recuerdos pueden ser una trampa y el amor, como tantas veces ocurre en el cine de género, puede convertirse en la excusa perfecta para hacer cosas que jamás deberíamos hacer.
Honey Bunch apuesta más por la sugestión y el misterio que por el terror directo, construyendo poco a poco un juego psicológico alrededor del misterioso tratamiento al que se somete su protagonista. El problema es que el viaje no siempre mantiene el mismo pulso y su desarrollo resulta algo irregular, alternando momentos especialmente inspirados con otros en los que la película parece perder ligeramente el rumbo.
Por suerte, cuando llega el tramo final decide tirar por la ventana buena parte de la contención acumulada y se desmelena de lo lindo. Y bien que se agradece. El desenlace abraza su lado más festivo, extraño y emocional, logrando que todo el viaje termine dejando un regusto bastante más satisfactorio del que podría habernos hecho pensar su irregular desarrollo.
Quizás no consiga que todos sus recuerdos encajen a la perfección, pero sí nos deja una propuesta de género con personalidad, una estética deliciosa y un último tramo que sabe perfectamente cuándo toca quitarse el corsé y montar la fiesta. Porque por amor somos capaces de hacer auténticas barbaridades. Incluso volver a abrir puertas que quizá sería mucho más sensato mantener cerradas.

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