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10/10/25

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ESTADOS UNIDOS, 2024


TÍTULO ORIGINAL: Shelby Oaks
DIRECTOR: Chris Stuckmann
GUION: Chris Stuckmann
REPARTO: Keith David, Brendan Sexton III, Michael
DURACIÓN: 91 minutos

REVITALIZANTE MEZCLA DE GÉNEROS


La principal característica de Shelby Oaks es que juega con diferentes tipos de cámara, un terreno algo pantanoso del que sale con acierto mezclando mockumentary, found footage y cine de terror tradicional para construir una propuesta que, sin reinventar el género, sabe encontrar su propio camino entre cámaras temblorosas, imágenes incómodas y una amenaza que se intuye mucho antes de llegar a comprenderse.

La historia parte de una premisa que conocemos bien, una mujer se adentra en un pueblo abandonado siguiendo las pistas que puedan arrojar algo de luz sobre la desaparición de su hermana. Hasta aquí, podríamos estar ante otro descenso a los infiernos de manual. Pero Shelby Oaks entiende que en el terror no siempre importa tanto qué encontramos al final del camino como todo lo que somos capaces de imaginar mientras avanzamos hacia él. Y ahí es donde la película consigue sus mejores momentos.


La combinación de formatos está bien integrada y, sobre todo, tiene sentido dentro de la narración. El mockumentary aporta ese punto de falsa investigación que tanto gusta a los fans de los true crime y candidatos a detective accidental, mientras que el found footage introduce una sensación de inmediatez y vulnerabilidad que el terror sabe aprovechar como pocas herramientas. Cuando la película abandona estos recursos y abraza una puesta en escena más tradicional, no da la sensación de estar cambiando de película, sino de ampliar las posibilidades de una misma pesadilla.

Uno de los grandes aciertos de Shelby Oaks está en cómo construye su atmósfera. El pueblo abandonado, los espacios vacíos y esa sensación permanente de que hay algo acechando detrás de cada esquina consiguen generar una tensión bastante más efectiva que muchos de esos títulos que necesitan recurrir al susto fácil cada cinco minutos. Y ojo, que aquí también hay jump scares, pero están suficientemente bien colocados y orquestados como para que no parezcan simples petardazos destinados a hacer saltar al respetable en la butaca.

La película sabe cuándo enseñar y, sobre todo, cuándo esconder. Porque si algo hemos aprendido después de tantos años disfrutando del género es que un pasillo oscuro siempre será más aterrador cuando no sabemos qué coño nos acecha al final.


Además, Shelby Oaks tiene el mérito de utilizar sus diferentes recursos visuales sin convertirlos en un simple catálogo de trucos. La cámara, las grabaciones y los cambios de registro forman parte de una narración que busca mantenernos constantemente incómodos, y aunque no todos sus mecanismos funcionan con la misma intensidad, el conjunto termina resultando genuino y, por momentos, bastante perturbador.

Quizá su mayor problema sea que, después de un arranque que consigue despertar nuestra curiosidad, la película no siempre logra mantener el mismo nivel de misterio y tensión. Algunas de sus decisiones pueden resultar familiares para el espectador más curtido en estas lides y su impacto termina siendo más moderado de lo que podría haber alcanzado con un poco más de mala baba. Pero incluso cuando Shelby Oaks no consigue asustarnos, sí mantiene ese espíritu de pequeña película independiente que prefiere experimentar antes que jugar sobre seguro.

No estamos ante la nueva revolución del found footage ni ante una obra maestra del terror independiente, pero sí ante una película que sabe combinar diferentes lenguajes para construir algo con personalidad propia. Shelby Oaks demuestra que todavía se puede meter al espectador en un pueblo abandonado, encender una cámara y conseguir que miremos la pantalla con cierta desconfianza, esperando que algo aparezca cuando menos nos lo esperamos.

Una pequeña sorpresa que, sin hacer demasiado ruido, se gana su sitio entre las propuestas más interesantes del terror independiente reciente.

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