RUMANIA, AUSTRIA, 2025
TÍTULO ORIGINAL: Drácula
SOY DRÁCULA, PODÉIS CHUPARME LA POLLA
Radu Jude no ha venido a contarnos otra vez la historia de Drácula. Para eso ya tenemos mil versiones, colmillos, capas y castillos neogóticos. Lo suyo va bastante más por libre, coger la leyenda más reconocible de su país, meterla en una batidora cinematográfica, añadir inteligencia artificial y ver qué demonios sale de ahí. Y el resultado es tan inclasificable como agotador.
Porque Drácula es, ante todo, un ejercicio de libertad formal. Jude se dedica a saltar entre diferentes lenguajes cinematográficos, formatos, tonos y registros, construyendo una especie de artefacto mutante en el que cabe prácticamente de todo. Y cuando decimos de todo, es de todo.
Tres horas de película en las que, si no entras en el juego que propone el director, vas a querer que te empalen antes de llegar al final. Aquí tenemos humor, hiper sexualidad, folclore rumano, política, crítica social, puñaladas al turismo, inteligencia artificial y, cómo no, un campo de pollas. Sí, un campo de pollas. Porque si algo tiene Jude es cero miedo a llevar sus ideas hasta el extremo más absurdo.
La estructura tampoco ayuda precisamente a que el viaje sea cómodo. La película está compuesta en su mayoría por segmentos cortos que van cambiando constantemente de registro y que funcionan como pequeñas píldoras de provocación, sátira y experimentación. El problema llega cuando uno de esos segmentos decide ponerse el traje de maratón y se extiende durante unos 50 minutos. Y ahí, amigos, es donde empezamos a mirar el reloj con la misma intensidad con la que Drácula miraría un cuello recién afeitado.
El film tiene ideas. Muchas. Demasiadas, posiblemente. Y algunas son brillantes, otras divertidas, otras directamente desconcertantes. Juega con la cultura popular, con la imagen de Rumanía, con el mito de Drácula y con nuestra forma de consumir imágenes y relatos en una época dominada por la inteligencia artificial. También hay una mirada política y social muy presente, además de una crítica al turismo y a esa transformación de los lugares y las leyendas en productos de consumo.
Pero una cosa es admirar el riesgo y otra muy distinta disfrutar de las tres horas de viaje. Y aquí es donde la película puede convertirse en una experiencia complicada. Hay momentos en los que la propuesta resulta estimulante, gamberra y genuinamente divertida, mientras que en otros Jude parece empeñado en comprobar cuánto aguanta nuestra paciencia antes de que empecemos a buscar una estaca.
No es una película para venir buscando un Drácula convencional. Ni siquiera es una película que parezca demasiado interesada en ser una película convencional. Es un cajón de sastre donde el terror, la sátira, el absurdo, el sexo, la política, el folclore y la experimentación audiovisual chocan entre sí para construir algo que probablemente interesará mucho más a quienes disfrutan viendo cómo el cine rompe sus propias reglas que a quienes simplemente quieren pasar un buen rato con una historia de vampiros.
Una ida de olla, irreverente, sexual, política y absolutamente libre. No apta para todos los paladares ni para todos los cuellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario